Sobre la formación y el ejercicio de la medicina.

 

El retraso de este post me ha permitido tener noticia de la publicación hoy mismo del último ranking de las mejores facultades del mundo en su edición 2018 publicados por la empresa Quacquarelli Symonds (QS). Como ya dije en uno anterior, los listados y clasificaciones están íntimamente ligados a la ponderación de unos valores que son atribuidos según el diseño de sus autores, como es el caso de esta empresa británica que considera cuatro parámetros: la reputación académica (basada en encuestas entre más de 75.000 académicos), le reputación valorada por los empleadores (basada en encuestas entre más de 40.000 empleadores de todo el mundo), citaciones de artículos de investigación (según la los datos Scopus, abarcando un período de cinco años) y finalmente el «índice-h» que mide la calidad y la cantidad de la producción científica en base a su productividad e impacto, es decir un balance entre el número de publicaciones y las citas de estas.

En este caso, la coherencia del resultado puede tener una clara correlación con lo percibido según el prestigio de las diferentes instituciones. Efectivamente, en el número uno figura la prestigiosa  Harvard Medical School, seguida de las europeas  Universidad de Oxford y de la University of Clinical Medicine of the University of Cambridge, y hasta las diez primeras cinco americanas (Stanford, Johns Hopkins University, University of California Los Angeles (UCLA)’s David Geffen School of Medicine, Yale School of Medicine y el Massachusetts Institute of Technology) y dos europeas (Karolinska Institute y el University College London). Dentro de las europeas, las británicas copan los primeros lugares. En España, alcanzan los primeros puestos la Universidad de Barcelona en la posición 156, la Universidad Autónoma de Madrid (187), la Universidad Autónoma de Barcelona (195), la Universidad Complutense de Madrid (233), la Universidad de Navarra (270), seguidas por la de Valencia, Granada, Salamanca, Pompeu Fabra, Alcalá, Santiago de Compostela, Sevilla y Zaragoza por ese orden.

Frente a todas estas cuestiones, llama la atención en nuestro país la poca valoración que socialmente se tiene de los graduados y licenciados en medicina, tal y como se desprende de la precariedad laboral y la escasa soldada con la que se remunera a unos profesionales que en la actualidad han sufrir una alta competitividad para ingresar en las facultades de medicina, un agotador ritmo de estudio durante el pregrado y todo ello a sabiendas de que se requerirán entre un mínimo de diez a once años de formación en detrimento de otras disciplinas que, con entre cuatro a seis años, ya pueden concursar al mercado laboral. Porque en la actualidad, los estudiantes de medicina han de superar un difícil examen de selección para poder cursar una especialidad y poder trabajar finalmente como médico, sin tener garantizada en ningún caso la continuidad, ya que – como por ejemplo – en el presente año más de 7.900 candidatos no tendrán plaza (14.450 aspirantes para 6.513 con un ratio de 2’21) para alcanzar la especialización. ¿Qué pasará con estos en un ambiente con gran precariedad laboral sin ninguna especialidad?

Lo cierto es que, además, ha de añadirse la obsolescencia de las facultades de medicina que, con sus vetustas metodologías hace que los estudiantes requieran aparte una formación específica para poder superar el examen que da acceso a la especialidad, por lo que se ha creado un nuevo nicho de negocio como es el de las academias que los entrenan para este, cuando debieran ser las facultades las que aglutinaran la formación y la técnica para abordar el examen. Y todo ello sin entrar en la consideración de que deberían ofertarse las mismas plazas para el pregrado como las que puedan disponerse posteriormente para poder continuar con la especialización, porque de lo contrario, se creará una bolsa de intelectuales abocada al paro y la frustración, sin contar con el importante coste económico que no tendrá retorno.

Con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, en la actualidad, según la cuarta oleada «Estudio sobre la situación laboral de los Médicos en España», se describe que en el sector público solamente el 50’7% son estatutarios con plaza en propiedad, el 9’9% personal laboral fijo indefinido y el resto son contratos interinos o laborales, tal y como se describe en los gráficos. En el ámbito privado esto no mejora significativamente.

Fuente OMC

A todo lo anterior hay que unirle que España se sitúa entre los países de la OCDE que menos pagan a sus médicos, por lo que la diáspora para trabajar en el extranjero va incrementándose cada vez más, llegando a informar la Organización Médica Colegial que desde el año 2011 ha expedido más de 18.000 certificados de idoneidad para trabajar (principalmente) o estudiar en el extranjero.

También la importante carga de trabajo por dotaciones de personal insuficientes y el cada vez menor reconocimiento de una profesión eminentemente social, con jornadas laborales a menudo inhumanas con incluso guardias de 24 horas, pluriempleo precario, incluso acoso, etc., hacen que alcancen un alto nivel de insatisfacción y que se incrementen recurrentemente las amenazas de huelga. El sistema sanitario español, público y privado, se encuentra sustentado en la escasa retribución de su personal, lo que en estos tiempos de globalización, puede condicionar que la fuga de los más cualificados solo sea cuestión de tiempo, porque el talento no puede retenerse ya que es libre, sólo puede reconocerse, potenciarse y cuidarse porque, de lo contrario, las nuevas promociones de médicos, cada vez mejor preparadas, serán reclutadas por aquellos que valoren su esfuerzo, su talento y su cualificación, mediante mejores sueldos, reconocimiento social y calidad de vida. Porque como dijo el empresario Sir James Goldsmith en su título original “If you pay peanuts, you get monkeys”: «si pagas cacahuetes tendrás monos».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *