Honor, dignidad y valores universales en medicina

Podemos recordar lecciones gramaticales olvidadas, pero cualidades como la templanza y la educación en valores requieren un largo recorrido alumbrado por los maestros, por la comunidad educativa y muy especialmente siguiendo el ejemplo de los padres. Esto no se enseña, se transmite.

Define la RAE que el honor es aquella «cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo», abundándolo como «gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea». Por otro lado, dignidad, del latín dignĭtas, -ātis, hace referencia a la cualidad de digno, al decoro de las personas en la manera de comportarse.

Pero son los valores universales como el respeto, la justicia, la igualdad, la responsabilidad, la honradez, la verdad y la valentía, las normas de convivencia del ser humano consideradas como cualidades positivas e innatos a la naturaleza humana. Pero no. Más de lo mismo, con las mimas maneras y formas en un proceso electoral corporativo, igual que el precedente. No me he cansado de explicar la necesidad de unos Colegios Profesionales robustos e independientes que regulen el ejercicio de la profesión, su dignidad, deontología y la defensa de la sociedad.

Pero lejos de la realidad para la que el legislador los creó y tienen su razón de ser, se están convirtiendo en un río revuelto plagado de oportunistas, pretenciosos, charlatanes y falsos científicos que, bajo la impostura de una capacitación profesional, vilipendian el arte de la medicina. Personajes agazapados bajo el abrigo de compañeros de elevado mérito y valía, con la aquiescencia del que mira hacia otro sitio, del indiferente o del agradecido por prebendas de reconocimiento social. Qué pena. Qué vergüenza. Su prestigio por un plato de lentejas. Si sus fundadores levantaran la cabeza.

También me ha recordado el Principio de Peter (en cualquier organización jerarquizada, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia) y el de Dilbert (los empleados incompetentes son ascendidos intencionadamente para evitar que produzcan daño). Ambas, más allá de su jocosidad, realmente encierran verdades como puños. Y yo los conozco.

Hemos defendido la profesión, actuado con honestidad, con la verdad, con transparencia, anteponiendo los valores corporativos y principios profesionales por encima de intereses partidistas y personales. No hemos devuelto el golpe más allá de la negación de unas imputaciones por falsarias. Hemos guardado respeto. Hemos sido compañeros. Veremos mañana.

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