Sobre los justificantes de la asistencia médica

Desde hace largo tiempo, la asistencia sanitaria se ha convertido progresivamente en un proceso harto burocrático como lo demuestra la gran carga administrativa en la que se convierte la jornada laboral de los médicos. Aun recuerdo los inicios de mi actividad profesional en los tradicionales «ambulatorios» allá por el año 1987, en los que, frente a una asistencia a demanda, contaba durante la consulta de dos horas con la ayuda de una auxiliar de enfermería que me cumplimentaba todos los papeles administrativos y rellenaba los datos de los pacientes en las recetas que por aquel entonces se cumplimentaban de forma manual.

En 1984, inspirado en el pronunciamiento de la OMS en la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud celebrado en Alma-Ata (Kazajistán) del 6 al 12 de septiembre de 1978 y siendo Ministro de Sanidad Ernest Lluch, se aprobó el RD 137/84, de 11 de enero, un nuevo modelo en el que según se decía, permitiría dedicar más tiempo a los pacientes, incluso reservando parte de la jornada para sesiones clínicas y el estudio de los profesionales dentro del propio centro. Y sigue siendo vigente. Preparando este post he leído el artículo de Jordi Varela titulado «Cleveland Clinic cambia hospitales por centros de atención primaria», ejemplo ilustrativo de la importancia que la primaria debe ejercer en un Sistema Nacional de Salud (SNS).

Pero ya en el periodo de transición de los dos modelos, se percibía que el tiempo dedicado a los pacientes no mejoraban significativamente, como publicaba un medio de prensa en el año 2004 indicando que según el Consejo Económico y Social, en el 61 % de implantación del modelo en el área metropolitana de Valencia el tiempo asistencial había pasado de 3,8 en los ambulatorios a 6,8 minutos en los centros de salud, considerándose «claramente insuficiente» y muy lejanos de los 10 minutos de promedio considerados como aceptables. Esto incluye la dedicación a la tarea informática.

Sin embargo, este es un modelo «compartimentado» dentro del proceso global de la asistencia sanitaria en nuestro país, e influenciado actualmente por el envejecimiento progresivo de la población y la proliferación de la cronicidad, la irrupción de nuevas tecnologías, el aumento del nivel de información y la exigencia de la población, en un contexto caracterizado por la gratuidad del sistema sanitario que por ese mismo motivo tiende a un mayor uso.

Hemos perdido el oremus. Recientemente he podido leer el artículo de Rafael Bravo titulado el uso de la transpaleta, en el que describe cómo incluso organizaciones estatales se permiten remitir a sus empleados o funcionarios para que «su médico» les cumplimenten determinados formularios y certifique su capacitación física para el desempeño de un puesto laboral. Esto lo único que conlleva es aumentar la carga laboral de los médicos para un cometido que no entra dentro de sus funciones, pero que se asimila como normal bajo el supuesto paraguas de que es una cuestión de los médicos que se ponen a tiro.

En mi actividad dentro de los servicios de urgencias también se me han solicitado informes, certificados, justificantes y papeles varios, bajo la presión de que son requeridos «por la empresa» y otros menesteres sociales. El último de hace tres días fue el de un letrado que me pidió un justificante para el juzgado al no poder acudir a un juicio. Sin embargo, estas cuestiones lo único que demuestra es que la población percibe a los médicos como el cajón de sastre de las cuestiones sanitario-sociales de la población.

Debe retomarse el respeto a la labor profesional de los médicos, de la misma manera que se hace con otros profesionales. Ciertamente que muchas veces se realizan prácticas de complacencia porque resulta más fácil ceder en algunas cuestiones que entrar en una discusión con los pacientes, pero si no nos respetamos a nosotros mismos nadie lo hará. La normativa actual indica que los médicos del SNS y muchos otros, solamente tienen la obligación legal de cumplimentar «certificados médicos» ordinarios o de defunción (y según en qué términos y condiciones), los informes de alta, asistenciales y otros derivados de su práctica clínica habitual, como se define en el capítulo IV del la Ley básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica.

El Colegio de Médicos de Madrid ya emitió una nota en relación con la emisión de certificados médicos, que también ha sido explicada desde la Comisión Deontológica del Consejo General de Colegios Médicos a través de su secretario Dr. Jacinto Bátiz y ampliamente definida por la Semfyc referida a las 10 actividades burocráticas para no hacer en Atención Primaria y que serían extensibles a cualquier actividad profesional no específica. Sin hablar de los ilegales «certificados de complacencia», que flagrantemente incumplen el Código Deontológico. Pero debemos alejarnos de esas solicitudes del todo punto peregrinas y de autocomplacencia como la «Solicitud de certificado que justifique que una niña de religión musulmana no puede comer cerdo», «certificado de presentar una dermatitis para no ponerse un gorro en el puesto de trabajo», «certificado de haber acudido a urgencias y no poder acudir a un examen» o a una cita obligada sin carga real de enfermedad y otras solicitudes disparatadas. Todo un despropósito.

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