Al cruzar el límite

Es el título de una película traducido del original “Extreme Measures” (1996) de Michael Apted, protagonizada por Hugh Grant, Gene Hackman y Sarah Jessica Parker, en el que se pueden analizar los principios bioéticos de justicia, autonomía, así como de la influencia de las situaciones personales, profesionales, sociales y mercantiles sobre los que se asienta el ejercicio de la medicina. Extrapolándolo desde la investigación clínica que es por donde se desenvuelve la trama, es perfectamente trasladable a los que deben regir en la vocación del médico y por ende a su ámbito corporativo, en la actualidad especialmente vulnerable.

La medicina es una actividad que está intrínseca e inevitablemente ligada a la ética y, por tanto, los médicos deben mantener su integridad profesional en beneficio de sus pacientes y de la sociedad sin tener que recordar el Juramento Hipocrático y más modernamente la Declaración de Ginebra, que realizaron al finalizar su carrera. El vídeo coproducido por el Instituto de Ética Clínica Francisco Vallés – UE y la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI) que figura al final del presente post y del que recomiendo su visualización, destaca las virtudes tanto humanísticas como sociales de la profesión.

Los médicos deben obligarse sistemáticamente al cumplimiento de ese juramento promisorio a pesar de los sacrificios que pudieran conllevar. La medicina es intrínsecamente una actividad ética, por lo que desde el punto de vista de su gestión no vale todo cuando se trata de articular las prestaciones sanitarias que tienen lugar en los hospitales y consultorios (tanto públicos como privados). Incrementar – por ejemplo – las ratios de pacientes por médico, inevitablemente termina por crear descontento en los primeros y frustración en los segundos, induciendo al mismo tiempo refrecuentaciones, un incremento del gasto y por tanto el coste del producto final, sin entrar en la responsabilidad legal que conlleva una mala praxis. Lo que debe primar es la atención al paciente. Porque como se describe en múltiples sentencias judiciales del Tribunal Supremo: «la responsabilidad de un médico siempre es de medios y no de resultados y por lo tanto solo exigible desde la imputación objetiva cuando exista un déficit en su actuación por la falta de cuidado en el diagnóstico o en el tratamiento». Por tanto, la responsabilidad es individual de cada médico en el ejercicio de la profesión independientemente del lugar donde se practique.

Es recurrente la permanente presión que se aplica sobre los médicos en el ejercicio de su actividad profesional, siempre con el mantra del coste, del gasto y otras sutiles insinuaciones. Otra cosa es la arquitectura organizativa, que es donde está el nudo gordiano. El ejercicio de la medicina debe estar sometido exclusivamente al imperio de las necesidades de los pacientes y gobernados por la lex artis, sin injerencias.

Los Colegios de Médicos, deben garantizar la adecuación de la práctica profesional y analizar las desviaciones que puedan producirse por razones espurias. El ejercicio de la medicina no es una actividad baladí. Al complejo proceso de elaboración de un diagnóstico, debe añadirse el inseparable aspecto ético que se merecen tanto el paciente como el médico. El ejercicio de la Medicina no es neutro, el médico necesita mantener su integridad profesional y defender a sus enfermos. Nuestra política debe ser nuestra profesión. Respetar a nuestros pacientes significa respetarnos primero a nosotros mismos como representantes de un colectivo de tradición milenaria, que conlleva inseparablemente un compromiso social.

 

La academia de los linces.

Un simple vistazo a la Wikipedia permite conocer que una sociedad científica «es una asociación de profesionales, investigadores, especialistas o eruditos de una rama del conocimiento o de las ciencias en general, que les permite reunirse, exponer los resultados de sus investigaciones, confrontarlos con los de sus colegas o especialistas de los mismos dominios del conocimiento, y difundir sus trabajos a través de publicaciones especializadas». Una de las más antiguas fue la Accademia Nazionale dei Lincei, conocida también como la Academia Linceana (1603), fundada por cuatro eruditos de la época, llamándola así en honor al lince, animal cuya aguda visión simboliza la destreza en la observación requerida por la ciencia.

El origen de los gremios profesionales surgió en la edad media con la finalidad de defender la competencia de sus miembros. Su declive fue progresivo con la revolución industrial y la capitalización económica. La abolición en España tuvo lugar en las Cortes de Cádiz con el decreto de 8 de junio de 1813. Los Craft Guilds, al igual que los Merchant Guilds, fueron organizaciones creadas inicialmente para la protección y la ayuda mutua, promoviendo la libertad ciudadana frente al poder feudal de esa época. Sin embargo, se convirtieron con el tiempo en grupos elitistas excluyentes, sostenedores de monopolios y lobbies políticos poderosos fijando precios y cuotas.

Los primeros sindicatos sinónimos de movimiento laboral se desarrollaron a principios del s. XIX en Gran Bretaña, siendo sus grandes exponentes tras la prohibición de las Combination Laws las Trade Unión y movimientos como el cartismo («carta del pueblo») y el ludismo. En España la primera normativa legal se reflejó oficialmente en la constitución de 1868. Las funciones sindicales son la representación de los trabajadores, velar por el cumplimiento de los acuerdos adoptados en las negociaciones colectivas, la representación del interés social de los trabajadores y promover las mejoras en las condiciones de trabajo y la prevención de los riesgos laborales.

Colegio del Arte Mayor de la Seda en Valencia (c/ Hospital, 7), ante el que tuvo lugar en 1856 el Motín de Velluters. © ANJ.

Sobre los colegios profesionales, ya a principios del siglo pasado (1912) el interesante artículo de Abraham Flexner, Is Social Work A Profession? describe seis criterios sobre las características de una profesión: 1. Las profesiones involucran operaciones esencialmente intelectuales con una gran responsabilidad individual; 2. Su práctica se basa en la ciencia y el aprendizaje; 3. Trabajan con un final práctico y definido; 4. Poseen técnicas que pueden ser enseñadas; 5. Tienden a la autoorganización y 6. Tiene una motivación altruista. En resumen, un grupo de profesionales es aquel colectivo que tiene unos amplios conocimientos sobre un campo, desarrolla un trabajo intelectual y tiene un interés personal autolimitado en favor del social.

En Valencia, la historia de los Colegios de Médicos se remonta a 1329, cuando Alfonso IV «El Benigno» a través d’Els Furs creó en el Reino de Valencia la primera organización médica de toda España. Tras diversas vicisitudes, en 1715 el Colegio de Cirujanos de Valencia fue ratificado y hasta 1829 continuó controlando la profesión, naciendo en 1841 el Instituto Médico Valenciano, que realizó extraordinarias aportaciones en medicina preventiva y vacunación. Sin desparecer este totalmente, dio lugar finalmente a la constitución en 1898 del Colegio Oficial de Médicos de Valencia.

Los Colegios Profesionales en España se describen en el artículo 36 de la Constitución Española de 1978 teniendo límites jurídicos sobre el ejercicio de la profesión, dado que «son corporaciones sectoriales que se constituyen para defender primordialmente los intereses privados de sus miembros, pero que también atienden a finalidades de interés público, en razón de las cuales se configuran legalmente como personas jurídico-públicas o corporaciones de Derecho público cuyo origen, organización y funciones no dependen sólo de la voluntad de los asociados sino también y, en primer término, de las determinaciones obligatorias del propio legislador, el cual por lo general, las atribuye, asimismo, al ejercicio de funciones propias de las Administraciones territoriales titulares de las funciones o competencias ejercidas por aquellas». Están regulados por la Ley 2/1974, de 13 de febrero, sobre Colegios Profesionales y posteriormente por la Ley 25/2009, de 22 de diciembre (Ley Omnibus) que nace, en el contexto de la transposición de la Directiva Europea 2006/123/CE. Sus funciones ya fueron descritas en el primer post del presente blog, pero en resumen se refieren a la ordenación del ejercicio de la profesión, la representación institucional, la defensa de los intereses profesionales de los colegiados y la protección de los intereses de los consumidores y usuarios de los servicios de sus colegiados.

Esta semana se ha informado de la constitución de una nueva asociación de derecho sanitario, en contraposición con otra ya creada con anterioridad y que explicita funciones ya descritas por esta última en su acta fundacional. Resulta harto llamativo no ya su innecesaria creación puesto que ya existe una concebida para ese fin, sino el hecho de que haya sido auspiciada y apoyada por un colegio provincial– el de Médicos de Valencia –con la propia infraestructura de este, y máxime si tenemos en cuenta que la presidenta de la nueva asociación es la representante de una empresa legal que se ubica en el propio colegio con nexos a su vez con la correduría de seguros que lo patrocina y un sindicato ampliamente representado por liberados sindicales en el principal de su junta directiva. Vamos, la cuadratura del círculo.

La colonización por actores atípicos en una anacrónica simbiosis corporativo-gremial-científico-sindical, no solamente es aberrante sino contraproducente para la defensa laboral y profesional. De igual forma que el Estado garantiza la separación de poderes (el legislativo, el ejecutivo y el judicial), la finalidad básica de todos los actores relacionados con las actividades profesionales deben circunscribirse a sus funciones para conseguir una gobernanza adecuada al espíritu de las leyes, y no de los intereses espurios individuales de algunos que parasitan y horadan la credibilidad profesional, no cumpliendo siquiera las características que se definieron en el cuarto párrafo del presente post, tal y como lo demuestra el hecho de que algunos de los actuales representantes corporativos y sindicales ni siquiera han trabajado o trabajan en la actividad para la que fueron titulados por ser liberados sindicales de largo recorrido. Todo ello sin menoscabar la posibilidad de establecer una estrecha colaboración entre colegios profesionales, los sindicatos de su ámbito, las sociedades científicas y la administración para alcanzar todos buen puerto. No se trata de que un miembro de cualquier colegio profesional no pueda estar sindicado a título privativo, pero la separación efectiva de todas estas organizaciones debe ser la regla que rija la correcta deontología y ética de todos ellos, por separado, para evitar injerencias impropias y pervertir una organización intachable a lo largo de su dilatada historia. Entre linces, leones, serpientes y falconiformes anda el juego.

La idea del resultado final.

Revisando tras utilizar recientemente como usuario algunos servicios sanitarios – tanto públicos como privados – he podido constatar la gran variabilidad que se produce en todo el ciclo de la cadena de producción en relación con la atención del paciente-cliente, y cómo algunos de ellos estaban certificados por la norma UNE-EN-ISO: 9001:2015. Y no ya desde un punto de vista holístico, sino a través de las partes que componen su estructura.

Al plantearme el presente post, me asaltó la duda entre titularlo «la idea del resultado final» o «héroes y mártires de calidad y seguridad» porque este último describe la situación en la que vivimos los defensores de los sistemas de gestión de la calidad asistencial, pero finalmente me he decantado por el primero en reconocimiento a Ernest Admory Codman (1869-1940) iniciador de los sistemas de la calidad sanitaria. Codman, es conocido por haber sido el pionero en el uso de medidas de «proceso y resultado» así como de la «medicina basada en la evidencia». Fundador del «Colegio Estadounidense de Cirujanos» llegó a presidir su Comité de Resultados Finales, enfrentándose y siendo denostado por sus colegas de la época, por lo que creó su propio «Hospital de resultado final» en Boston, Massachusetts (1911-1917) aunque finalmente fuera condenado al ostracismo por sus pares. Mucho tiempo después de su infatigable colaboración durante la pandemia de influenza de 1918, falleció en la ruina como consecuencia de un melanoma, quedándole únicamente la esperanza que él mismo describió: «Los honores, excepto los que me he impuesto, están notablemente ausentes, pero puedo disfrutar de la hipótesis de que los recibiré en una generación más receptiva».

Dr. E. A. Codman. Fuente: American College of Surgeons.

 

En 1966, Avedis Donabedian publicó el artículo Evaluating the Quality of Medical Care  Introduciendo las primeras definiciones de proceso asistencial que desagregó en estructura, proceso y resultado. Según refleja Rosa Suñol, Directora de la Fundación Avedis Donabedian, «debatió́ no solo la responsabilidad ética con los pacientes, sino la que afecta a los profesionales individuales, a los colegios profesionales, a los gestores y a la administración, aportando en todos los casos una visión profunda y global».

El modelo sanitario, al igual que el modelo industrial, ha sufrido profundos cambios a lo largo de la historia, pasando de la producción artesanal a la producción en serie y es aquí donde reside el desarrollo sistémico del polisémico concepto de la calidad. Ya en 1664, Jean-Baptiste Colbert redactó al Rey Luis XIV un informe en el que exponía: «si nuestras fábricas aseguran por un trabajo cuidadoso la calidad de nuestros productos, los extranjeros estarán interesados en aprovisionarse aquí, y fluirá el dinero al reino».

Por tanto, fue en el ámbito empresarial donde más se desarrollaron los sistemas de gestión de la calidad. Así, en 1961, Philip B. Crosby lanzó el concepto de «cero defectos», poniendo de manifiesto que los fallos provienen de errores humanos, por lo que hay que concentrar los principales esfuerzos sobre las personas. Referentes como W. Edwards Deming, Kaoru Ishikawa, Joseph Moses Juran, Shigeo Shingo, Armand V. Feigenbaum, Frederick Taylor, Peter M. Senge, Genichi Taguchi y otros muchos nos han introducido en los conceptos que permiten alcanzar la excelencia.

Dentro del ámbito sanitario, la calidad debe ser un elemento estratégico que permita transformar su estructura optimizando el rendimiento al menor coste dentro de los estándares científicos, de forma que dé satisfacción al elemento productivo como al destinatario final dentro de los cánones de eficacia, eficiencia y efectividad. Y este principio tan elemental, debe ser reproducible tanto en el ámbito del sector público como en el privado, porque la medicina siempre es la misma, lo que la diferencia es el proveedor. En el sector público para la sostenibilidad del sistema y en el sector privado porque el coste de la producción no puede ser enjuagado con recortes no estructurados adecuadamente, dado que existe un límite por debajo del cual se trunca la calidad.

La diferencia entre un bien (automóvil, electrodoméstico, etc.) y un servicio (aerolínea, hotel, asistencia sanitaria, etc.) está entre su tangibilidad e intangibilidad, condicionando estos últimos un mayor desafío porque su cadena de producción conlleva múltiples interacciones personales y es aquí donde reside la mayor oportunidad.

La gestión de la calidad para las empresas tiene dos ventajas principales, que son: ayudar a satisfacer a sus clientes y por tanto fidelizarlos, y por otro, ayudar a mejorar su eficacia y eficiencia lo que conlleva a disminuir los costes de la misma. El coste de la no calidad, no sólo se refleja en una pérdida productiva, económica, de oportunidad, de imagen y de clientes, sino que, además, el descuido, la falta de minuciosidad y la negligencia pueden condicionar en sanidad daños irreparables a terceros, con los consecuentes costes económicos inducidos, sin hablar de la responsabilidad civil, penal o administrativa de sus actores.

Se dice que una cadena se rompe por el eslabón más débil. Una actuación médica puede ser impecable y la percepción del paciente ser nefasta porque ha fallado alguno de los tres sentidos de la «calidad total»: El sentido global (entrega, coste, servicio, productividad), el sentido amplio (calidad de la organización, de la imagen, del puesto de trabajo, de la calidad del trabajo, de la relación interpersonal, de las prestaciones) y el sentido operativo (calidad como satisfacción del cliente y calidad como resultado).

La calidad en sanidad no debe percibirse como un sello de certificación emitido por una agencia de normalización – quien además cobra por sus auditorías de la propia empresa y es por tanto a su vez su cliente – sino orientarse hacia el concepto de «calidad total», con la responsabilidad de todos los integrantes de la organización que se traducirá invariablemente en beneficios empresariales, sin olvidar al «jefe», es decir, al paciente, ya que todos los planteamientos tienen como elemento común la «idea del resultado final» es decir, si se satisface adecuadamente las expectativas del cliente, sin que esto sea a costa de «héroes y mártires de calidad y seguridad».

De la gripe y la policía, pasando por urgencias.

Según la Red Centinela Sanitaria de la Comunidad Valenciana , durante la semana 52 del año 2017 se produjo una incidencia de la gripe equivalente a una tasa semanal de 200 pacientes por 100.000 habitantes, en línea parecida con el resto del Estado, lo que superó notablemente el umbral epidemiológico previsto. Estos umbrales, se calculan comparando la tasa de incidencia del periodo en curso con esa misma tasa durante los años precedentes. La epidemiología es una ciencia que analiza la experiencia previa de la carga de enfermedad y establece modelos estadísticos predictivos mediante medidas de frecuencia como por ejemplo la incidencia acumulada y la densidad de incidencia. Esta es, a grandes rasgos, la metodología por la que cada año se calcula el umbral epidemiológico de la gripe (por ejemplo), dentro de una distribución de probabilidad con un intervalo de confianza del 95%. Además, entre otros parámetros, se analizan las cepas de virus gripales, sus subgrupos y la presencia de mutaciones.

Tasa de incidencia semanal de gripe y detecciones virales. Sistema Centinela. Temporada 2017-2018. España. Fuente CNE: Sistema de vigilancia de la gripe en España

Tasa de incidencia de la gripe en la Comunidad Valenciana 2017-2018 semana 52

Tasa de incidencia de la gripe en la Comunidad Valenciana 2017-2018 semana 52

Por tanto, se analizan entre los tres y cinco años previos, pudiéndose comprobar por ejemplo cómo durante los años 2017 y 2016, y para el mismo periodo, se comportaron de forma similar como se muestra en los gráficos siguientes.

Los más observadores han podido comprobar cómo la curva de la gráfica se ha comportado de forma similar en los años previos y en las mismas épocas del año.

Por tanto, la recurrente aparición de la gripe y enfermedades respiratorias concurrentes, obligan al personal sanitario – especialmente de los servicios de urgencias y de atención primaria – a una sobrecarga asistencial que siempre es noticia en prensa por los colapsos que genera, pero que a mí personalmente me recuerda la famosa novela de Gabriel García Márquez «crónica de una muerte anunciada», en la que magistralmente describe, desde el principio y a lo largo de toda la narración, cómo Santiago Nasar morirá a manos de los gemelos Vicario.

Por otro lado, también recuerdo la alerta producida en 2009 como consecuencia del influenzavirus A(H1N1) que no estaba relacionado con el virus de la gripe estacional. Este condicionó que Margaret Chan, directora de la OMS, declarara la pandemia de gripe y elevara la alerta mundial al nivel 6. La historia de la epidemiología ha demostrado que las pandemias de gripe son sucesos recurrentes, con intervalos entre 10 y 50 años, recordándose las de 1918, la de 1957, (más de dos millones de víctimas) y la de 1968, con cerca de un millón. Todo ello nos obligó a todos los responsables de los servicios de urgencias a desarrollar entonces protocolos y circuitos especiales para su abordaje dadas las previsiones y en recuerdo de las pandemias citadas, especialmente la de la «gripe española» de 1918 (en realidad gripe original del condado de Haskell en Kansas) la más excepcional, que también fue producida por un influenzavirus A(H1N1). Con 500 millones de afectados, tuvo una mortalidad de más de 40-50 millones de pacientes según fuentes, frente a los más de 17 millones entre muertos y prisioneros desaparecidos de entre los efectivos militares,  siendo por tanto la pandemia con más mortalidad de la historia. Análisis posteriores como el de Gabriel M. Leung y Angus NicollReflections on Pandemic (H1N1) 2009 and the International Response») señalan que la única característica predecible de los virus de influenza y las pandemias es su imprevisibilidad, por lo que dada su incertidumbre, debe regir el principio de precaución en las respuestas y cómo muchas de estas en 2009 fueron muy buenas.

También recuerdo la historia de los servicios de urgencias, donde nací profesionalmente hace más de treinta años, la demanda que había, los recursos disponibles y las tareas necesarias para abordar y resolver la asistencia de los pacientes. Nada que ver con la situación actual. Habría que hablar sobre cuestiones diferenciales entre urgencia, emergencia, solicitud de asistencia rápida, del uso de los servicios de urgencias como cauce para introducirse en el sistema sanitario, de la labor que soporta como servicio compensador de la demora de otros niveles asistenciales, etc., así como del progresivo incremento de la actividad burocrática en la asistencia clínica. Para esta última cuestión, me resulta especialmente apropiado el artículo de la Dra. Danielle Ofri titulado «The Patients vs. Paperwork Problem for Doctors», tan adecuadamente referenciado en el post de Jordi Varela del 8 de enero, quien explica mediante la revisión de tres artículos publicados en Annals of Family Medicine, Health Affairs, y Annals of Internal Medicine, cómo en algunos casos hasta las dos terceras partes del tiempo de los médicos está destinado a cumplimentar la documentación electrónica y solamente un tercio al trabajo clínico específico, todo ello en detrimento de las labores propiamente asistenciales. Tradicionalmente la relación médico-paciente debería situar a este en un primer plano, sin embargo, ahora la informática se ha convertido en algo prioritario y ha relegado lo que realmente le suceda al paciente a una bagatela pintoresca, algo de donde exprimir tiempo para cumplir las tareas principales de documentarlo todo en la historia clínica electrónica (HCE).

Del relato anterior no quiero menospreciar la importante y ya imprescindible aportación de la HCE al proceso asistencial, pero hace tiempo que he tratado de hacer ver que todo el tiempo dedicado a labores documentales, no ha sido tenido en cuenta a la hora de elaborar las ratios asistenciales, aquellos que fueron definidos en un tiempo en que la HCE y la medicina legal no tenían el desarrollo que tienen en la actualidad. Pero aquí también debe reflejarse la real y tradicional situación de los servicios de urgencias, generalmente infradotados de recursos humanos de forma crónica, conocida y no resuelta por los organismos gestores a pesar de las recomendaciones de las sociedades científicas del sector. Recuerden, por ejemplo, la desaparecida figura del «facilitador», que informaba a los familiares de la evolución de los pacientes en los servicios de urgencias mientras los sanitarios ejercían su función principal, que es la atención del enfermo.

Los servicios de urgencias también presentan una actividad con unos ciclos predecibles en función de sus propias y recurrentes «epidemias» asistenciales que no siempre son motivadas por cuestiones clínicas. Los expertos en la gestión de medicina de urgencias conocemos cómo la actividad asistencial no es plana, se incrementa en horas, días de la semana, meses, festivos y épocas estacionales, y sabemos las necesidades que requieren su correcto dimensionamiento. Y profetizamos también, que desde las últimas semanas de diciembre y las primeras de enero de cada año los servicios de urgencias se sobresaturarán, con el consiguiente riesgo para la seguridad del paciente, de los propios profesionales y del sistema. También que los servicios de urgencias serán carne que alimente los noticiarios sobre sobrecargas, desbordamientos, colapsos, saturación, hacinamiento, pacientes pendientes de ingreso y otras lindezas retóricas, que invariablemente recaerán sobre la atribulada espalda de los profesionales del servicio que al parecer no se esfuerzan lo suficiente o no tienen el rendimiento esperado. En algunos de los casos, hasta se sacará pecho argumentando que se han contratado médicos para combatir el repunte, sin explicar si estos estaban esperando a ese momento mientras se dedican a la gratificante actitud contemplativa de la actividad formativa que se hace cargo de sus necesidades básicas, o que, si por el contrario su más que probable inexperiencia en el sector hará que cuando la alcancen tras ser reclutados, deban dejar su tarea porque ya se ha vuelto a la normalidad.

Y mientras tanto, los pacientes indignados, aguantando situaciones de verbena propias de países exóticos o en vías de desarrollo y los profesionales, víctimas del estrés, soportando improperios de los usuarios contra quien lanzan sus más que comprensibles frustraciones, todo ello, parafraseando al magistral Arturo Pérez-Reverte «expuesto con la zafia prosodia que manejamos los españoles en nuestras relaciones con el prójimo» en su artículo “Se ruega no escupir al médico”, del que recomiendo enardecidamente su lectura.

Es en estos tiempos y en los otros «brotes epidémicos» de los servicios de urgencias cuando surge el también recurrente debate sobre «las visitas inadecuadas a urgencias», y que tanto debate político, económico y profesional suscitan. Tal y como explica Miguel Ángel Máñez en la entrada del día 8 de su blog, la solución es compleja. Se presiona a los responsables de los servicios de urgencias para que estos no hagan ruido, cuando la solución pasa por escuchar el análisis detallado de las propuestas que reiteradamente hemos hecho los que conocemos la especialidad de urgencias, la gestión de sus servicios y los sistemas de calidad. Su solución es multifactorial y no exclusiva de los propios servicios de urgencias y que por sí daría para reflexionar en un post ad hoc.

Y para cerrar el círculo que titula el presente post, todo lo anterior se incardina con las últimas propuestas que al parecer se están haciendo desde aquellas estructuras que deben proponer sensatez, recursos e ideas para que los servicios de urgencias y aquellos otros con alta presión asistencial, no sufran las iras de los pacientes traducido en el alarmante incremento de agresiones a médicos y otros profesionales sanitarios en el ejercicio de su función. El análisis de este problema también podría ser motivo de otro debate, pero es pertinente traerlo a este punto, por las recientes noticias sobre la propuesta de creación de la figura del policía sanitario como una supuesta medida que pueda frenar esta lacra, y en la que participan entre otros el Colegio de Médicos de Valencia. Ciertamente, al leer la noticia no pude evitar mi perplejidad ante una propuesta que a falta de más detalles u otras medidas legislativas de más calado, se me antoja coercitiva e ineficiente, porque como ya he tratado de reflejar a lo largo del presente post, las soluciones pasan por acometer actuaciones en otra línea y no reducir al absurdo un problema tan complejo.

En resumen, podría afirmar que la endemia asistencial en la que viven instalados los servicios de urgencias, se adorna con las recurrentes epidemias dentro de lo que no es reconocido como una gran pandemia a nivel nacional, en la que las autoridades sanitarias, los colegios profesionales, las asociaciones científicas y sindicales tienen la obligación legal de condicionar una respuesta a un problema, conocido, reconocido, asumido, nunca bien ponderado y con el que se rasgan las vestiduras cuando acontecen brotes epidémicos como el de la gripe, que con periodicidad anual, casi en los mismos días, con las mismos resultados y consecuencias nos acechan recurrentemente en urgencias como un martillo pilón y los que deben sumar están a por uvas o a la luna de Valencia.