La academia de los linces.

Un simple vistazo a la Wikipedia permite conocer que una sociedad científica «es una asociación de profesionales, investigadores, especialistas o eruditos de una rama del conocimiento o de las ciencias en general, que les permite reunirse, exponer los resultados de sus investigaciones, confrontarlos con los de sus colegas o especialistas de los mismos dominios del conocimiento, y difundir sus trabajos a través de publicaciones especializadas». Una de las más antiguas fue la Accademia Nazionale dei Lincei, conocida también como la Academia Linceana (1603), fundada por cuatro eruditos de la época, llamándola así en honor al lince, animal cuya aguda visión simboliza la destreza en la observación requerida por la ciencia.

El origen de los gremios profesionales surgió en la edad media con la finalidad de defender la competencia de sus miembros. Su declive fue progresivo con la revolución industrial y la capitalización económica. La abolición en España tuvo lugar en las Cortes de Cádiz con el decreto de 8 de junio de 1813. Los Craft Guilds, al igual que los Merchant Guilds, fueron organizaciones creadas inicialmente para la protección y la ayuda mutua, promoviendo la libertad ciudadana frente al poder feudal de esa época. Sin embargo, se convirtieron con el tiempo en grupos elitistas excluyentes, sostenedores de monopolios y lobbies políticos poderosos fijando precios y cuotas.

Los primeros sindicatos sinónimos de movimiento laboral se desarrollaron a principios del s. XIX en Gran Bretaña, siendo sus grandes exponentes tras la prohibición de las Combination Laws las Trade Unión y movimientos como el cartismo («carta del pueblo») y el ludismo. En España la primera normativa legal se reflejó oficialmente en la constitución de 1868. Las funciones sindicales son la representación de los trabajadores, velar por el cumplimiento de los acuerdos adoptados en las negociaciones colectivas, la representación del interés social de los trabajadores y promover las mejoras en las condiciones de trabajo y la prevención de los riesgos laborales.

Colegio del Arte Mayor de la Seda en Valencia (c/ Hospital, 7), ante el que tuvo lugar en 1856 el Motín de Velluters. © ANJ.

Sobre los colegios profesionales, ya a principios del siglo pasado (1912) el interesante artículo de Abraham Flexner, Is Social Work A Profession? describe seis criterios sobre las características de una profesión: 1. Las profesiones involucran operaciones esencialmente intelectuales con una gran responsabilidad individual; 2. Su práctica se basa en la ciencia y el aprendizaje; 3. Trabajan con un final práctico y definido; 4. Poseen técnicas que pueden ser enseñadas; 5. Tienden a la autoorganización y 6. Tiene una motivación altruista. En resumen, un grupo de profesionales es aquel colectivo que tiene unos amplios conocimientos sobre un campo, desarrolla un trabajo intelectual y tiene un interés personal autolimitado en favor del social.

En Valencia, la historia de los Colegios de Médicos se remonta a 1329, cuando Alfonso IV «El Benigno» a través d’Els Furs creó en el Reino de Valencia la primera organización médica de toda España. Tras diversas vicisitudes, en 1715 el Colegio de Cirujanos de Valencia fue ratificado y hasta 1829 continuó controlando la profesión, naciendo en 1841 el Instituto Médico Valenciano, que realizó extraordinarias aportaciones en medicina preventiva y vacunación. Sin desparecer este totalmente, dio lugar finalmente a la constitución en 1898 del Colegio Oficial de Médicos de Valencia.

Los Colegios Profesionales en España se describen en el artículo 36 de la Constitución Española de 1978 teniendo límites jurídicos sobre el ejercicio de la profesión, dado que «son corporaciones sectoriales que se constituyen para defender primordialmente los intereses privados de sus miembros, pero que también atienden a finalidades de interés público, en razón de las cuales se configuran legalmente como personas jurídico-públicas o corporaciones de Derecho público cuyo origen, organización y funciones no dependen sólo de la voluntad de los asociados sino también y, en primer término, de las determinaciones obligatorias del propio legislador, el cual por lo general, las atribuye, asimismo, al ejercicio de funciones propias de las Administraciones territoriales titulares de las funciones o competencias ejercidas por aquellas». Están regulados por la Ley 2/1974, de 13 de febrero, sobre Colegios Profesionales y posteriormente por la Ley 25/2009, de 22 de diciembre (Ley Omnibus) que nace, en el contexto de la transposición de la Directiva Europea 2006/123/CE. Sus funciones ya fueron descritas en el primer post del presente blog, pero en resumen se refieren a la ordenación del ejercicio de la profesión, la representación institucional, la defensa de los intereses profesionales de los colegiados y la protección de los intereses de los consumidores y usuarios de los servicios de sus colegiados.

Esta semana se ha informado de la constitución de una nueva asociación de derecho sanitario, en contraposición con otra ya creada con anterioridad y que explicita funciones ya descritas por esta última en su acta fundacional. Resulta harto llamativo no ya su innecesaria creación puesto que ya existe una concebida para ese fin, sino el hecho de que haya sido auspiciada y apoyada por un colegio provincial– el de Médicos de Valencia –con la propia infraestructura de este, y máxime si tenemos en cuenta que la presidenta de la nueva asociación es la representante de una empresa legal que se ubica en el propio colegio con nexos a su vez con la correduría de seguros que lo patrocina y un sindicato ampliamente representado por liberados sindicales en el principal de su junta directiva. Vamos, la cuadratura del círculo.

La colonización por actores atípicos en una anacrónica simbiosis corporativo-gremial-científico-sindical, no solamente es aberrante sino contraproducente para la defensa laboral y profesional. De igual forma que el Estado garantiza la separación de poderes (el legislativo, el ejecutivo y el judicial), la finalidad básica de todos los actores relacionados con las actividades profesionales deben circunscribirse a sus funciones para conseguir una gobernanza adecuada al espíritu de las leyes, y no de los intereses espurios individuales de algunos que parasitan y horadan la credibilidad profesional, no cumpliendo siquiera las características que se definieron en el cuarto párrafo del presente post, tal y como lo demuestra el hecho de que algunos de los actuales representantes corporativos y sindicales ni siquiera han trabajado o trabajan en la actividad para la que fueron titulados por ser liberados sindicales de largo recorrido. Todo ello sin menoscabar la posibilidad de establecer una estrecha colaboración entre colegios profesionales, los sindicatos de su ámbito, las sociedades científicas y la administración para alcanzar todos buen puerto. No se trata de que un miembro de cualquier colegio profesional no pueda estar sindicado a título privativo, pero la separación efectiva de todas estas organizaciones debe ser la regla que rija la correcta deontología y ética de todos ellos, por separado, para evitar injerencias impropias y pervertir una organización intachable a lo largo de su dilatada historia. Entre linces, leones, serpientes y falconiformes anda el juego.

La idea del resultado final.

Revisando tras utilizar recientemente como usuario algunos servicios sanitarios – tanto públicos como privados – he podido constatar la gran variabilidad que se produce en todo el ciclo de la cadena de producción en relación con la atención del paciente-cliente, y cómo algunos de ellos estaban certificados por la norma UNE-EN-ISO: 9001:2015. Y no ya desde un punto de vista holístico, sino a través de las partes que componen su estructura.

Al plantearme el presente post, me asaltó la duda entre titularlo «la idea del resultado final» o «héroes y mártires de calidad y seguridad» porque este último describe la situación en la que vivimos los defensores de los sistemas de gestión de la calidad asistencial, pero finalmente me he decantado por el primero en reconocimiento a Ernest Admory Codman (1869-1940) iniciador de los sistemas de la calidad sanitaria. Codman, es conocido por haber sido el pionero en el uso de medidas de «proceso y resultado» así como de la «medicina basada en la evidencia». Fundador del «Colegio Estadounidense de Cirujanos» llegó a presidir su Comité de Resultados Finales, enfrentándose y siendo denostado por sus colegas de la época, por lo que creó su propio «Hospital de resultado final» en Boston, Massachusetts (1911-1917) aunque finalmente fuera condenado al ostracismo por sus pares. Mucho tiempo después de su infatigable colaboración durante la pandemia de influenza de 1918, falleció en la ruina como consecuencia de un melanoma, quedándole únicamente la esperanza que él mismo describió: «Los honores, excepto los que me he impuesto, están notablemente ausentes, pero puedo disfrutar de la hipótesis de que los recibiré en una generación más receptiva».

Dr. E. A. Codman. Fuente: American College of Surgeons.

 

En 1966, Avedis Donabedian publicó el artículo Evaluating the Quality of Medical Care  Introduciendo las primeras definiciones de proceso asistencial que desagregó en estructura, proceso y resultado. Según refleja Rosa Suñol, Directora de la Fundación Avedis Donabedian, «debatió́ no solo la responsabilidad ética con los pacientes, sino la que afecta a los profesionales individuales, a los colegios profesionales, a los gestores y a la administración, aportando en todos los casos una visión profunda y global».

El modelo sanitario, al igual que el modelo industrial, ha sufrido profundos cambios a lo largo de la historia, pasando de la producción artesanal a la producción en serie y es aquí donde reside el desarrollo sistémico del polisémico concepto de la calidad. Ya en 1664, Jean-Baptiste Colbert redactó al Rey Luis XIV un informe en el que exponía: «si nuestras fábricas aseguran por un trabajo cuidadoso la calidad de nuestros productos, los extranjeros estarán interesados en aprovisionarse aquí, y fluirá el dinero al reino».

Por tanto, fue en el ámbito empresarial donde más se desarrollaron los sistemas de gestión de la calidad. Así, en 1961, Philip B. Crosby lanzó el concepto de «cero defectos», poniendo de manifiesto que los fallos provienen de errores humanos, por lo que hay que concentrar los principales esfuerzos sobre las personas. Referentes como W. Edwards Deming, Kaoru Ishikawa, Joseph Moses Juran, Shigeo Shingo, Armand V. Feigenbaum, Frederick Taylor, Peter M. Senge, Genichi Taguchi y otros muchos nos han introducido en los conceptos que permiten alcanzar la excelencia.

Dentro del ámbito sanitario, la calidad debe ser un elemento estratégico que permita transformar su estructura optimizando el rendimiento al menor coste dentro de los estándares científicos, de forma que dé satisfacción al elemento productivo como al destinatario final dentro de los cánones de eficacia, eficiencia y efectividad. Y este principio tan elemental, debe ser reproducible tanto en el ámbito del sector público como en el privado, porque la medicina siempre es la misma, lo que la diferencia es el proveedor. En el sector público para la sostenibilidad del sistema y en el sector privado porque el coste de la producción no puede ser enjuagado con recortes no estructurados adecuadamente, dado que existe un límite por debajo del cual se trunca la calidad.

La diferencia entre un bien (automóvil, electrodoméstico, etc.) y un servicio (aerolínea, hotel, asistencia sanitaria, etc.) está entre su tangibilidad e intangibilidad, condicionando estos últimos un mayor desafío porque su cadena de producción conlleva múltiples interacciones personales y es aquí donde reside la mayor oportunidad.

La gestión de la calidad para las empresas tiene dos ventajas principales, que son: ayudar a satisfacer a sus clientes y por tanto fidelizarlos, y por otro, ayudar a mejorar su eficacia y eficiencia lo que conlleva a disminuir los costes de la misma. El coste de la no calidad, no sólo se refleja en una pérdida productiva, económica, de oportunidad, de imagen y de clientes, sino que, además, el descuido, la falta de minuciosidad y la negligencia pueden condicionar en sanidad daños irreparables a terceros, con los consecuentes costes económicos inducidos, sin hablar de la responsabilidad civil, penal o administrativa de sus actores.

Se dice que una cadena se rompe por el eslabón más débil. Una actuación médica puede ser impecable y la percepción del paciente ser nefasta porque ha fallado alguno de los tres sentidos de la «calidad total»: El sentido global (entrega, coste, servicio, productividad), el sentido amplio (calidad de la organización, de la imagen, del puesto de trabajo, de la calidad del trabajo, de la relación interpersonal, de las prestaciones) y el sentido operativo (calidad como satisfacción del cliente y calidad como resultado).

La calidad en sanidad no debe percibirse como un sello de certificación emitido por una agencia de normalización – quien además cobra por sus auditorías de la propia empresa y es por tanto a su vez su cliente – sino orientarse hacia el concepto de «calidad total», con la responsabilidad de todos los integrantes de la organización que se traducirá invariablemente en beneficios empresariales, sin olvidar al «jefe», es decir, al paciente, ya que todos los planteamientos tienen como elemento común la «idea del resultado final» es decir, si se satisface adecuadamente las expectativas del cliente, sin que esto sea a costa de «héroes y mártires de calidad y seguridad».